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Lange comete el crimen cuando Batalat, tras escapar de las deudas y la bancarrota a la que él mismo ha llevado al negocio, regresa reclamando el fruto de los esfuerzos de los trabajadores, quienes, librados a su suerte, se asociaron en una cooperativa bajo la dirección del señor Lange y sacan a flote el negocio.
Entre El crimen del señor Lange y París 36 hay más de una coincidencia. En primer lugar, Renoir estrenó su película en 1936, el año de la victoria del Frente Popular al que también hace alusión, desde el título mismo, la película de Barratier. Ambas son un flashback prolongado que abren con un enjuiciamiento de un crimen. En París 36 hay también un patrón corrupto ─infinitamente menos agraciado que el de Renoir─, un héroe generoso y una historia de amor. En Renoir la empresa colectiva se cristaliza en una pequeña editorial, en Barratier, en un teatro de variedades. No obstante, a diferencia de Renoir, Barratier es incapaz de transmitir la importancia que tiene salvar el teatro de variedades y aunque él mismo parece creer que es un lugar lleno de magia y vida, la cristalización de un sueño social, no llegamos a comprender verdaderamente nunca su valor.
Pero lo que más trata de imitar Barratier del maestro Renoir ─ aquello que le habría dado un poco de respetabilidad a su película─ es ese entrañable romanticismo social, la creencia en una sociedad más libre e igualitaria, en la que el esfuerzo colectivo puede significar una mejora en la vida de cada individuo y de la sociedad. Más que rendir un homenaje a Renoir, París 36 quiere emular, también, el logrado equilibrio entre una historia con compromiso social y el humor que tan magistralmente sabe poner Renoir en boca de sus personajes y situaciones. Paris 36 no logra ni lo uno ni lo otro.
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