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Aquí hay algo muy extraño, y hay que insistir en ello: el interés dramático de La sangre y la lluvia se suspende dentro de un orden para el cual los personajes son todo lo contrario de lo que vemos en realidad. Por eso la sinopsis y el trailer son tan inadecuados, porque parecen hechos por el Teniente González o por Don Héctor… Jorge y Ángela, más bien, son nada, son solo dos cuerpos abandonados, y sus mismos besos calan hasta lo más hondo porque no son el preámbulo de ningún erotismo, sino que están signados por el simple deseo de abrazarse o por la involuntaria necesidad de llorar. Por otro lado, quienes representan ese orden fatal tampoco son lo que representan. Uno al final no sabe si el don Héctor decía la verdad o no al contarle a Jorge que Torres, y no él ni Maguíver, había matado a William. Jorge muere sin saber nunca quién mató a su hermano, y es que en últimas la película, tal y como está concebida, tampoco puede o debería aclararlo…

La sangre y la lluvia, ya lo he dicho en otras partes, no es “un largometraje más”, como diría el amigo e inteligente cineasta Lisandro Duque, por el hecho de que sean tantas o cuantas las películas colombianas de este año. Si hace parte de estadísticas, su taquilla es algo que debe resbalarle a Navas por la solapa, y en esto hay que ser muy claro. Porque ni siquiera importa si la película es “buena” o “mala”. La sangre y la lluvia es, para empezar, una película esencial en nuestro cine, o sea, mucho más que una buena película… 
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La sangre y la lluvia - Trailer
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