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Los escasos o eventuales comentarios que se apartan del favor general pueden ir creciendo conforme se exhiba la película y así consolidar una especie de bastión defensivo ante alabanzas que podrían verse como automáticas o simplemente relativas, pero no evitarán que la cinta se convierta, por cuenta exclusiva de su naturaleza propia, en un referente, más que en un hito. La sangre y la lluvia es una película que, sin ninguna pretensión de su parte, seguirá siendo vista, disfrutada y estudiada por todos aquellos a quienes les interese el cine de nuestro país.
Ha habido críticos extranjeros que ubican a este filme en una dimensión cercana a los primeros trabajos importantes de Martin Scorsese, como Taxi Driver (1976) –y esto no sólo por la temática– o Calles peligrosas (Mean Streets, 1973). Tal mención es significativa, porque nos lleva a caer en cuenta de que en esta cinta la historia no es más importante, y a veces lo es menos, que la relación elusiva entre los personajes y su entorno. Es decir, La sangre y la lluvia es un filme en el cual la historia sólo es la forma en que se plantea un conflicto tácito entre los personajes y el ambiente en que están inmersos. Este ambiente tiene un carácter doble: casi barroco en su apariencia y en su desenvoltura en la pantalla, y maléfico, amenazante, en todo lo que esconde, y los caracteres del filme andan como perdidos en él, si acaso tratando de hacer los movimientos adecuados o de dar con las claves de ese territorio perverso que puedan hacerlo menos terrible para ellos.
Una manera tal de asumir el relato como proceso, como sumatoria inacabada, es todo lo contrario de visiones panópticas como las de El Colombian Dream (Felipe Aljure, 2006), Yo soy otro (Óscar Campo, 2008) o El arriero (Guillermo Calle, 2009), pero también lleva a tender una mirada sobre las situaciones que no es ni aleatoria, como en Apocalípsur (Javier Mejía, 2007) o Sumas y restas (Víctor Gaviria, 2005), ni la de un conflicto claro en sus vectores o antagonismos, como en Perro come perro (Carlos Moreno, 2008), y ya sean estos antagonismos múltiples e indeterminados, como en La pasión de Gabriel (Luis Alberto Restrepo, 2009), o ciegos y fantasmales, como en Satanás (Andi Baiz, 2008).
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La sangre y la lluvia - Trailer
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