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No es fácil encontrar en el audiovisual colombiano, ya sea en ficción o en documental, autores que se caractericen por ser auténticos, o que transgredan las estructuras cómodas que actualmente se ven en el cine y la TV. Ahora es más común encontrar modelos de lo que se supone “está bien hecho”, y vemos esa cantidad de adefesios estandarizados en el cine de ficción, que a muchos les gustan porque es lo que acostumbran ver: esquemas que se asemejan a los utilizados en los comerciales de TV, en el video clip y en los culebrones de las telenovelas colombianas, convirtiéndose en formas de imitación que cosechan cada vez más aceptación debido, precisamente, a su supuesto “éxito”.
Aunque existen diferencias en los métodos de producción del cine documental, vemos que las dinámicas de lo “aceptado” han generado una proliferación de trabajos -“reportajes” o “especiales” (estilo Pirry) - en los cuales predomina un afán por mostrar una información que pueda causar cierto impacto, ya sea a través del testimonio o de la farsa-representación (los docudramas), queriendo reducir la labor del documentalista a la de un transmisor de información, o a la de un seudo-artífice de la realidad.
Sin embargo, ante semejante panorama, hace falta reconocer el trabajo de aquellos documentalistas colombianos que han elegido hacer cine porque tienen la necesidad de desentrañar eso que a simple vista no se ve, o se ha eludido, como Marta Rodríguez, que con su vasta obra se ha ocupado por hacer visibles problemas como la explotación, la desigualdad económica, o la lucha del pueblo indígena del Cauca por el reconocimiento de sus derechos, entre otros problemas socio-económicos y políticos que ya conocemos, o creemos conocer, pero que parecen pasar inadvertidos.
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