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Este largometraje es el único documental que se hizo sobre el fallecido sociólogo francés Pierre Bourdieu, y es fruto del esfuerzo de un documentalista por adquirir un conocimiento útil y multiplicarlo comunicándolo a otros. Entre otras situaciones, vemos a Bourdieu intentando persuadir a grupos de jóvenes, inmigrantes y marginados, de que no desprecien las herramientas de análisis que les pueden ayudar a comprender y transformar su situación, sólo porque sean intelectuales burgueses y mayores los que se las ofrecen. Pero es también Bourdieu, en sus Meditaciones pascalianas, quien nos pone en guardia contra la ilusión académica de creer que “la facultad de distinguir el bien del mal, la verdad de la falsedad, mediante un sentimiento espontáneo e inmediato, es una aptitud universal de aplicación universal” (p. 68). Una de las constantes del trabajo sociológico de Bourdieu es la comprobación de que, así como hay condiciones históricas que predisponen hacia ciertas preferencias estéticas, hay condiciones históricas para el surgimiento de la razón.
Esta digresión viene al caso porque al comienzo escribí que Sinfronteras constituyó una breve esfera pública para la discusión racional. Pese a todos los esfuerzos de inclusión y de formación de públicos, una observación anecdótica sugiere que los participantes en esa esfera tienden a ser los mismos: los visitantes más o menos habituales del Colombo Americano, de Otraparte o el MAMM. Hubo al parecer menor asistencia al Teatro de Envigado, la Biblioteca de Itagüí, y algunas salas comerciales que se sumaron al esfuerzo de descentralización. En el Valle de Aburrá, hoy, las condiciones históricas para hacerse espectador de cine son escasas: según la Encuesta de Calidad de Vida del Municipio de Medellín, en 2006, sólo el 6,8% de la población dedicaba ingresos a “esparcimiento y diversión” (p. 260). Las condiciones que le permiten a alguien dedicar tardes enteras al cine y desplazarse por toda la ciudad para asistir a los eventos de un festival son más raras aún. Pero una de ellas es que haya un festival.
“En el Valle de Aburrá, hoy, las condiciones históricas para hacerse espectador de cine son escasas: según la Encuesta de Calidad de Vida del Municipio de Medellín, en 2006, sólo el 6,8% de la población dedicaba ingresos a ‘esparcimiento y diversión’”
Conversatorio sobre producción independiente.
Otra condición, que no sabemos por cuánto tiempo se mantenga, es que existan los cines como lugares a donde se va a hacer algo en público, espacios de la vida social. Como lo subrayó Luis Ospina, muchos cineastas van llegando a la conclusión de que no vale la pena seguir desgastándose para hacer películas según el modelo industrial o industrial-artesanal de alto costo, equipos grandes y rodajes complejos. Una transformación profunda del modo de producción es deseable y ecológicamente sensata, pero no tiene que significar el abandono total de la exhibición en salas. Al ver una película como El hombre de Londres (Béla Tarr, Hungría/Francia/Alemania, 2007), en 35mm, se empieza a comprender lo que se perderá cuando acabe de desaparecer el cine como actividad y como espacio. Por su ritmo de glaciar, la película de Béla Tarr es imposible de ver en casa. En la sala de cine los estímulos sensoriales, que normalmente nos saturan reclamando atención, están controlados y dosificados, y es posible renunciar a nuestra pretendida tiranía personal sobre el tiempo para sumergirnos en un tiempo ajeno. La desaparición de las salas grandes y oscuras empobrece nuestro rango colectivo de experiencias.
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