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“La reflexividad es ya parte de la cultura popular, y el falso documental es una forma importante de narrativa televisiva”
Conversatorio con Óscar Campo.
En Colombia se ha hablado recientemente sobre la frontera entre documental y ficción a raíz de Un tigre de papel (Luis Ospina, 2008). En la película, una historia ficticia sirve para reunir e hilar las hebras caóticas de la realidad histórica. El personaje central funciona porque podría haber existido, porque podría haber sido una consecuencia lógica del entorno que se documenta en la película. Es, guardando las proporciones, algo así como las historias de vida que Alfredo Molano recompone a partir de distintos testimonios. Lo que quiero decir es que, a pesar de todo, en Un tigre de papel hay muy poca ficción. Por eso no es del todo convincente la respuesta que dio Ospina en un conversatorio, ya casi al cierre del Festival, al decir que no le preocupa sino que le alegra el nihilismo en que puede desembocar el escepticismo creciente del público. Hace mucho tiempo que los cineastas, los educadores, y toda una capa de gestores culturales bienintencionados intentan formar un público más crítico, que no trague entero. Sin embargo, ser crítico no es no creer en nada, sino poder separar el trigo de la paja. ¿Qué posibilidad de comunicación o de discusión racional habría si nadie estuviera dispuesto a confiar en la buena fe de quien habla? ¿Qué pasaría con las verdades que a veces dice el cine, frente a un público totalmente nihilista? ¿En qué quedaría esa posibilidad del cine de ser “vehículo de conocimiento sobre el mundo”?
“¿Qué pasaría con las verdades que a veces dice el cine, frente a un público totalmente nihilista? ¿En qué quedaría esa posibilidad del cine de ser ‘vehículo de conocimiento sobre el mundo’?”
Lo pregunto porque en el Festival, bien fuera en tono juguetón o dramático, y como ficción, documental, o algo en medio, la mayoría de las películas planteaban problemas muy reales, concretos y de vida o muerte. La documentalista Marta Rodríguez, para no ir más lejos, estaba en Medellín para presenciar el V Congreso Internacional de Víctimas del Terrorismo, y presentó un avance de su trabajo más reciente, Etnocidio, en el que intenta sintetizar y actualizar testimonios recogidos a lo largo de cuatro décadas de trabajo, para denunciar el exterminio metódico de indígenas, campesinos y afrodescendientes en Colombia. La película, que está en proceso, no pretende ser sutil y sacrifica, en aras de la claridad, la reflexividad sobre el medio que se encuentra en otros trabajos de la realizadora; sus prioridades son otras. De igual manera, es claro que con Katyn (Andrzej Wajda, Polonia, 2007), sobre la masacre de miles de oficiales polacos a manos del estalinismo, Wajda no pone en cuestión las formas narrativas de la película histórica. En estos dos casos la denuncia y la indignación son más apremiantes que la epistemología. Pero nos encontramos también con una película tan compleja como Vals con Bashir (Ari Folman, Israel, 2008), que aprovecha la tensión fluida entre imagen documental e imagen dibujada para explorar las trampas de la memoria y los laberintos morales de la guerra. Vals con Bashir es un ejemplo de cómo una película puede abordar la subjetividad y la incertidumbre de manera crítica, para ver los matices y los vacíos de la razón sin renunciar a su búsqueda
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