En sus “Notas de curaduría”, Pedro Adrián Zuluaga escribió: “Sinfronteras busca un equilibrio entre el gusto por ver películas y la necesidad social de discutirlas, transformándolas en vehículos de conocimiento sobre el mundo en que vivimos” (p. 96, ver bibliografía). El tema de este año era la verdad y la mentira. Tema cinematográfico como el que más, pero también ético y político, con un margen de maniobra amplio que fue bien aprovechado. Para darle algún orden a este ensayo, tendré que partir de esa distinción artificial entre estética, ética y política, y arrancar por la primera, que es más cercana a nuestra zona de confort.
1. SI LA BBC MIENTE, ¿EN QUIÉN SE PUEDE CREER?
El festival puso sobre la mesa el estado actual del documental y su relación cada vez más polémica con la verdad. Hace casi veinte años Bill Nichols discutía en su libro Representing Reality la concepción del cine documental como un pariente pobre de otros “discursos de sobriedad”, es decir, otras formas de hablar sobre el mundo que suponen una relación directa e instrumental con la realidad. En estas dos décadas, el estatus del documental como evidencia ha cambiado, y la parte más visible de esa transformación es la avalancha de géneros híbridos que han crecido en popularidad. Debido a la oposición que ha existido históricamente entre los “discursos de sobriedad” y la cultura popular (acusada de sentimental, irracional y escapista), los géneros híbridos obligan a revisar algunos supuestos sobre lo que se puede y no se puede hacer en un documental.
Desde Nueva Zelanda, el profesor Craig Hight, ofreció una videoconferencia sobre el mockumentary o falso documental, que él definió como un texto de ficción que adopta una estética documental y que establece una relación juguetona con la audiencia. Esta última parte resulta crucial, ya que el estatuto de realidad de la imagen está profundamente comprometido con las expectativas del público. La proliferación de realities y luego falsos realities, entretenimiento factual (infotainment) y series dramatizadas en formatos documentales, entre otras modas televisivas, han trasladado de lleno al discurso cotidiano un escepticismo que antes parecía potestad de los académicos. La reflexividad es ya parte de la cultura popular, y el falso documental es una forma importante de narrativa televisiva.