Hay distintos tipos de festival, además de esos glamurosos, con alfombras rojas y edición diaria de Variety. Están por ejemplo los bazares del directo-a-DVD; los que organizan las misiones diplomáticas; los especializados, con un público pequeño pero fanático; y los que llenan los vacíos que deja la mano invisible de la distribución internacional. En Colombia hay varios de este último tipo, que al menos en teoría atienden un nicho de mercado minoritario pero atractivo. En torno a sus selecciones casi aleatorias se montan justificaciones a posteriori, pero en realidad su cometido no demanda más coherencia que la ubicación de las tiendas en un centro comercial. Sinfronteras es un festival distinto. Desde su primera edición, que se realizó en 2007 como parte del Encuentro Internacional MDE07 – Prácticas Artísticas Contemporáneas, se decidió estructurar la programación alrededor de un tema, no de un género ni una zona geográfica. Esa estrategia, en apariencia tan sencilla y que comparte con otros eventos nacionales, le impone a Sinfronteras una exigencia más elevada. Si bien el festival cumple, como todos, la función de traer ante el público local películas recientes que de otro modo no llegarían, no lo hace como un simple artefacto del mercado.
Lo que surgió en el Valle de Aburrá entre el 27 de mayo y el 7 de junio de este año, con el cine como excusa, fue un ambiente para pensar y discutir sobre muchas otras cosas: una esfera pública efímera pero vigorizante. En el centro de todo, por supuesto, estaba una excelente selección de películas y eventos, regados por cuatro municipios y que requerían la coordinación de entidades estatales y privadas, con y sin ánimo de lucro. La logística tiene que haber sido un descenso a los infiernos, pero salió bien, y este texto quiere ser en parte un gesto de agradecimiento para el equipo organizador. Pero así como al cine colombiano ya se le puede pedir más que competencia técnica, de los festivales podemos esperar más que el cumplimiento con la programación. Con la riqueza de su selección, el mayor mérito de Sinfronteras 2009 es haber sido superior a la suma de sus películas, una muestra cosmopolita que honraba el nombre del festival haciendo caso omiso de las casillas convencionales que se usan para neutralizar el cine. Una serie de conferencias y conversatorios precisos y estimulantes ayudó a convertir a cada película en insumo para un debate racional, bien sea entre espectadores, entre ciudadanos, o sencillamente entre el espectador y la película. Este solo hecho ya rompe con la concepción del cine como un grupo de productos de consumo, y nos obliga a pensarlo como una actividad, algo que la gente hace.