Me ha sido difícil olvidar el día en que a este súper R, teníamos que hacerle una entrevista ante cámara para lo cual lo esperamos cerca de dos horas bajo la premura de no romper su concentración de camerino en donde hacía un calentamiento basado en la respiración y la soledad de la platea del teatro Pablo Tobón Uribe, para posteriormente enfrentar la obra. Salido de sus aposentos en un viraje radical a tierra, nos preguntó compungido si ¡el “barro” que tenía en la nariz salía muy feo en el registro de la cámara¡ A nosotros su chiste nos impresionó en medio de carcajadas. Más estupefactos quedamos cuando el actor abandonó la entrevista argumentando que su “barro” dañaría la imagen que el público tenía de él, en momentos en que se podía considerar un hombre de éxito de la “televisora”. Considero que esa vanidad es la que no deja a nuestros actores “profesionales” transformarse totalmente para enfrentar cada nuevo personaje, porque están amarrados a su “prestigio”, su forma y su figura. Y todos esos estereotipos de mal gusto que funcionan para la pobre programación televisiva, rechinan en el cine.
Es real el deseo de muchos actores de academia de querer ser actores de cine sin lograrlo, porque en la mayoría de los casos estos individuos no son capaces de darle vida a nada distinto que a ellos mismos, haciendo que los personajes de las películas queden amarrados a su voz, sus ojos y su cuerpo. Se paran y se acuestan de la misma forma, comen, fuman, besan de idéntica manera. No controlan sus tics, ni sus mañas. No son capaces de alejarse de sus peculiaridades, lo que finalmente queda al descubierto cuando se enfrentan a “la buscadora de la mentira”, la cámara
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, descubridora infatigable del gesto falso del que aparenta ser y no es en el detalle de un plano cerrado.
Un día escuché a Víctor Gaviria decir que el no tenía problema en trabajar con actores profesionales o actores de academia, que lo que a él le pesaba era que en el medio cercano, Bogotá, Cali, Medellín, Barranquilla, etc., no había podido encontrar un actor de academia que hiciera lo que hacían constantemente Pacino, de Niro, Brando, o sus desconocidos naturales, en sus microscópicos roles. Recuerdo con curiosidad que esa vez no se refirió a ninguna mujer, porque yo hubiese agudizado el sentido para proponerle que trabajara con la matrona Vicky Hernández, a quien siempre he admirado, pero la claridad de sus palabras en medio de la sobriedad corrediza que brindan cuatro rones, hoy me continúa inquietando en el sentido de liberarse de la obligación de trabajar en el cine con los llamados “actores expertos”, que no llenan las expectativas de quienes miran la pantalla, ni de quienes tratamos de construir piezas audiovisuales en las que no mueran de sed los significados y las interpretaciones, bajo el yugo de los efectos y las escenas “empegotadas”.
Vicky Henandez dirigida por Jaime Osorio en Confesión a Laura. (1990)