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Según un criterio que valore lo anormal en el cine, David Lynch es el maestro del cine contemporáneo, el ineludible maestro. Ahora, ¿sí se podrá hablar de un “maestro” dentro de parámetros que privilegien lo heterodoxo? Tal vez, si se tiene en cuenta la capacidad de Lynch para elaborar, saliéndose por completo de los esquemas narrativos usuales, productos de tal envergadura e impacto como Mulholland Drive (2001), Terciopelo azul (Blue Velvet, 1986) o la serie de televisión Twin Peaks (1990)… Desde luego, si asumimos una postura así de positivista dentro de lo inclasificable, habría que considerar que La autopista perdida (Lost Highway, 1997) o INLAND EMPIRE (2006), filmes igual de extraños y ambiciosos que los referidos antes, no gozaron del mismo éxito, y que incluso Lynch ha probado las hieles de un fracaso rotundo en no pocas ocasiones… Pero en esa misma línea, lo que mejor habla de su amplia maestría, de sus insospechables recursos, es que él ha remontado sobradamente esos fracasos, y de hecho se forjó su primera fama universal, con cintas harto legibles, efectivas y populares, aunque no menos suyas, como Una historia sencilla (The Straight Story, 1999), que lo rescató ante los ojos de la industria, o El hombre elefante (The Elephant Man, 1980), su primera obra conocida mundialmente.
A Lynch ni se le pasa por la cabeza ser un cineasta “correcto”, pero tampoco un purista de la heterodoxia, y es, más bien, uno de los más atrevidos, trajinados y expertos jugadores en el mundo del cine. Lo más interesante es que su modo de apartarse de la norma no es meramente nominal, y resulta casi innegable su busca de, u obediencia a una norma singular, aunque ella se reduzca a que el cineasta debe ser fiel a sus sueños… Un hombre capaz, mientras filmaba Cabeza borradora (Eraserhead, 1977), de salir a buscar entre la basura ciertos materiales que le hacían falta para rodar un plano, no es ningún artista encerrado en sí mismo, sino uno con los pies muy bien puestos sobre la tierra, de esas personas que si uno piensa que son marginales, resulta que, por el contrario, en la cruda realidad son las más aguzadas e integradas con el mundo. No más sino recordando el final de El hombre elefante y Una historia sencilla, sus obras más elementales, se puede decir ya: aquí esta la clave, por aquí puede uno comenzar a entender, o al menos a vislumbrar la grandeza de Lynch…
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